- Fijaos –le dijo David, señalando el centro del dintel-. El maestro constructor representó aquí un polígono de ocho lados, un octógono. ¿Sabéis cuál es su significado?
Andrés movió la cabeza de un lado a otro negando.
- Simboliza la inmortalidad.
- ¿La inmortalidad? –preguntó perplejo.
- Según la doctrina pitagórica, los números tienen su
simbolismo, así el número uno representa el más allá, el tres el espíritu y el cuatro la materia. –Hizo una pausa para que el joven pudiese asimilar lo que acababa de explicarle-. Ahora decidme, ¿por qué razón el siete es el número del hombre?
Andrés se ruborizó; tenía la sensación de que le estaban examinando.
Después de meditar unos segundos se atrevió a responder.
- El hombre está constituido por la suma de lo material y lo espiritual. Por lo tanto, la suma de cuatro y tres.
Y es que cuando te debates entre el cuatro y el tres, el siete pierde esa globalidad tan característica suya.
A veces sin darte cuenta, vuelves a encontrarte al inicio de la adolescencia, tratando de averiguar hacia dónde quieres guiar tu vida, buscando una razón y un sentido en lo que haces. Es en esos momentos cuando ves las huellas que cada una de las personas que se ha cruzado en tu vida ha dejado en ti.
Por otra parte, ves a donde te han llevado esas decisiones y quizá, como Dante, no sabes de qué modo has acabado en la selva oscura en la que te hallas. Y, envuelto en espirales, sigues avanzando por un camino que pronto llega a su fin y se divide en otros dos. Y aunque como bien dice Machado: "caminante no hay camino, se hace camino al andar", lo cierto es que lo difícil no es seguir un camino u otro, lo difícil es saber donde dar cada paso.

